
Imagina que planeas una salida para una sesión de fotografía de naturaleza. ¿Qué haces normalmente primero al planificarla? Supongo que miras el parte meteorológico. Seguramente lo haces también en el resto de tus actividades al aire libre, ¿no? Y si entonces anuncian lluvia, nieve o viento fuerte, la decepción suele ser grande. Según lo que tengas pensado, puede ser de verdad frustrante. ¿Y si te digo que es justo entonces cuando deberías salir por la puerta con la cámara?
A mí estas condiciones cambiantes me parecen muy atractivas para la fotografía de fauna. Lo son sobre todo cuando la lluvia o la nieve hacen pausas cortas una y otra vez. Porque entonces pasan a veces momentos muy interesantes e inesperados en la WildeNatur.
Momentos inesperados en la fauna
Es justo el tiempo inestable el que trae sorpresas entre los animales. Es cierto que la luz no suele ser la ideal, pero precisamente en días así se dan situaciones únicas que si no quizá te perderías.
¿Y qué mes va mejor para eso que abril? Porque abril hace lo que le da la gana.

A finales de abril decidí vivir la naturaleza con lluvia, nieve, temperaturas bajo cero y viento fuerte junto a un amigo fotógrafo, @bergsteiger_1911. Elegimos un sitio en un espacio natural protegido con un puesto de aguardo techado, para no quedar del todo a merced del frío húmedo. Porque incluso con la ropa adecuada contra la lluvia, la nieve, el frío y el viento, después de varias horas en ese frío húmedo lo notas en los huesos, y eso que llevas ropa térmica. Quizá sea también cosa de la edad, o simplemente de que ninguna aventura sale sin algo de incomodidad. 😋
Retos matinales y encuentros inesperados
Mi amigo y yo quedamos a las 5 de la mañana y aguantamos hasta las 13 h en el sitio elegido. Mi objetivo principal era poner el águila pescadora delante del objetivo. A estas aves les gusta parar aquí en su paso hacia el norte, y con mal tiempo se quedan más para reponer fuerzas. Hace dos años pude fotografiar en este mismo punto once águilas pescadoras distintas en cuatro semanas.
El día empezó, eso sí, con pequeños contratiempos: a mitad de camino hacia el punto de encuentro me di cuenta de que había olvidado en casa el termo con el té caliente. Por suerte pude comprar agua y un vaso de café en una gasolinera, no lo ideal, pero mejor que nada. Cuanto más me acercaba al punto acordado, más bajaba la temperatura. En Núremberg todavía había 8 °C; en el destino, solo 2 °C. Una bebida caliente habría sido sin duda la mejor opción para todo el día que una botella de agua fría.
Después de llegar al punto de encuentro, mi amigo y yo caminamos a través de la oscuridad y la lluvia fuerte hasta nuestro puesto techado. Allí tuve que comprobar que había perdido una de mis redes de camuflaje. Así que volví hacia el aparcamiento, cerca de un kilómetro, rastreando el suelo con la linterna. Poco antes del punto de partida la encontré: la red, empapada por la lluvia, estaba en el suelo. Estas redes de camuflaje son decisivas para pasar desapercibido durante las fases de actividad de los animales, y por eso estábamos allí desde antes del amanecer.
Momentos únicos de la naturaleza
Después de esos pequeños contratiempos del principio, el resto del día se llenó de observaciones fascinantes. Es increíble vivir cómo despierta la naturaleza cuando ya llevas una hora en tu sitio antes de que salga el sol. El silencio del principio se fue rompiendo poco a poco, lleno de los reclamos vivos de las aves, un momento realmente mágico. Estábamos en una zona con láminas de agua y carrizales que servía de dormidero a los estorninos pintos. La lluvia los retuvo un poco más antes de arrancar el día, con lo que tuvimos mejor luz para nuestras observaciones.

Cuando la lluvia fue pasando poco a poco a copos gruesos de nieve, el paisaje se transformó ante nuestros ojos en un blanco invernal. Las anátidas llevaban pronto una capa de nieve sobre el lomo, mientras el paisaje brillaba en verde fresco y blanco.


Observaciones y un nuevo objetivo fotográfico
Pero la cosa no quedó ahí: además de muchas otras observaciones, como una pareja de ratas almizcleras que cruzó una detrás de otra a buen ritmo de una orilla a la otra, vivimos también otros momentos interesantes. Una nutria europea de río se sumergía una y otra vez con soltura para cazar, salía a la superficie a tomar aire y volvía a desaparecer. Un aguilucho lagunero occidental macho le trajo comida a su pareja y se la entregó con ceremonia. Especialmente dramático fue el cisne que durante las siete horas enteras estuvo echando gansos de su territorio sin cuidar de sí mismo. Una vez calculó muy mal la situación, cuando persiguió a ras de agua a una barnacla canadiense. Las dos aves venían directas hacia nosotros; la barnacla pasó por encima justo a tiempo, se oía cómo sus alas cortaban el aire. El cisne ya no pudo hacer esa maniobra y tuvo que iniciar una esquiva arriesgada. Pasó quizá a 20 cm por la izquierda de nuestro refugio, tocó con el ala derecha una haya joven que por suerte todavía era elástica y rozó los arbustos con el vientre antes de poder hacer un aterrizaje de emergencia. Después de aquello, el cisne volvió a pie al lago y a su nido, visiblemente tocado.




Pudimos observar muchas cosas más, pero nos llamaron especialmente la atención las golondrinas comunes (Hirundo rustica). Volaban relativamente despacio, al contrario que con tiempo seco. La lluvia y la nieve las hacían moverse más lentas. Eso nos animó, claro, a aprovechar la circunstancia y a fotografiar a esas voladoras rápidas. La cosa no era más fácil solo porque las golondrinas comunes volaran más despacio; seguían siendo rápidas, y el enfoque de la cámara tenía que apañárselas con la nieve y la lluvia. Pero las golondrinas eran ya nuestro nuevo objetivo fotográfico. ¿Quién necesita águilas pescadoras entonces? 😋
Golondrina común (Hirundo rustica): retos fotográficos

El autofoco de mis cámaras pasó una prueba dura: poca luz y mala visibilidad por los copos gruesos o la lluvia complicaban captar un objetivo pequeño y muy rápido sobre el agua. Llevaba dos cámaras, porque me gusta experimentar y tantear los límites de la técnica.
Usé dos cámaras de rendimiento muy distinto, las dos consideradas híbridas: la Sony A1 y la Sony a6700. A la A1 le puse un objetivo 400 mm f2.8 GM y un teleconvertidor 1,4×, con lo que salía una focal efectiva de 560 mm, ideal para tomas con detalle desde más distancia. La a6700 la combiné con un objetivo Sony 200 mm – 600 mm f5.6 / 6.3 G. Por el factor de recorte APS-C de 1,5, esa combinación llega a un encuadre de 900 mm.
Tomas con la Sony a6700 y el Sony 200 – 600 mm f5.6/6.3



Tomas con la Sony A1 y el Sony 400 mm f2.8 + TC 1.4






Retos al fotografiar golondrinas
Plumas oscuras y mojadas: las plumas oscuras y mojadas de las golondrinas absorben mucha luz y reducen los reflejos, lo que le complica al autofoco captar a las aves con precisión.
Autofoco en condiciones extremas: la lluvia y la nieve estorban la visión, y los movimientos rápidos de las golondrinas le exigen al autofoco reacciones rápidas y precisas. En la Sony a6700 el autofoco enfocaba muchas veces la precipitación, mientras que la Sony A1 se veía afectada con menos frecuencia.
Visor pequeño: el visor pequeño y de poca resolución de la Sony a6700 hace difícil seguir al ave rápida con mala luz.
Formato completo frente a APS-C: fotografiar un objeto cercano (distancia mín. 5 m) es más fácil con la Sony A1 de formato completo y una focal de 560 mm, porque el visor más grande da más espacio. En comparación, con la cámara APS-C y un encuadre de 900 mm cuesta más mantener el objeto en el visor.
Disparo sin blackout: en la Sony A1, el disparo sin blackout permite seguir viendo de forma continua a las aves en vuelo mientras disparas en ráfaga, algo que por desgracia no ocurre con la Sony a6700.
Modo de detección de aves: las dos cámaras tienen un modo de detección de aves que funciona muy bien con mejor luz. Con un tiempo tan malo, las dos llegaron a su límite, y la a6700 se vio más afectada.
Peso del equipo: manejar las dos cámaras y los objetivos sin trípode se te va a los brazos al poco rato. Aunque la combinación Sony a6700 con el Sony 200 – 600 mm f5.6 / 6.3 G pesa menos que la Sony A1 con el TC 1.4, la empuñadura de batería y el Sony 400 mm f2.8 GM, el brazo acaba igual de cargado al cabo de un rato.

Peso del equipo:
- Sony A1 = 740 g
- Empuñadura de batería Sony = 290 g
- Teleconvertidor = 167 g
- 400 mm f2.8 GM = 2.895 g
- Total = 4.092 g
- Sony a6700 = 493 g
- Sony 200 – 600 mm f5.6 / 6.3 G = 2.115 g
- Total = 2.608 g
A pesar de estos retos, conseguí aun así algunas tomas que a mí me parecen impresionantes.
Solo queda decir
Para terminar, queda decir que una foto vale para mí siempre tanto como la experiencia que asocio a ella. Detrás de cada una de mis imágenes hay una historia que va mucho más allá de lo que se ve. Salir de la zona de confort y aprovechar condiciones meteorológicas en apariencia desfavorables abre muchas veces perspectivas nuevas. Lo que vives y las imágenes que captas en esas circunstancias pueden ser radicalmente distintas de las tomas soleadas de siempre.
Hasta la próxima os deseo buena luz, ¡y seguid con la curiosidad!


